LA VERDADERA IDEA DE LOS ENTERRAMIENTOS REALES EN EL ESCORIAL



Anexo 2:
Panteón de Reyes, susurro de la Historia de España

por Nieves Concostrina,
(publicado en
Adiós, abril de 2000)

La Empresa Mixta de Servicios Funerarios de Madrid realizó el traslado de los restos de Doña María de las Mercedes, madre del Rey, desde el Palacio Real hasta el Monasterio de El Escorial. La condesa de Barcelona ocupará el vigesimosexto y último sepulcro del Panteón de El Escorial, un recinto donde enterraron sus diferencias Austrias y Borbones


«A Dios, Omnipotente y Grande. Lugar sagrado destinado por la piedad de los príncipes austriacos a los despojos mortales de los reyes católicos, que bajo el altar mayor están esperando el deseado día de manos del restaurador de la vida. Carlos V, el más esclarecido de los Césares, deseó este lugar de supremo reposo para sí y para los suyos; Felipe II, el más prudente de los reyes, los designó; Felipe III, monarca sinceramente piadoso, dio principio a las obras; Felipe IV, grande por su clemencia, constancia y religiosidad, lo aumentó, embelleció y terminó el año del Señor de 1654.»

Esta inscripción en latín da entrada a un recinto circular situado bajo el altar mayor del Real Monasterio de El Escorial, una monumental obra ideada por Felipe II siguiendo una sugerencia de su padre, el emperador Carlos V. Éste ideó la disposición de un gran enterramiento para su dinastía, y su hijo materializó la idea convirtiendo, además, la magna obra en símbolo de su reinado y como conmemoración de la batalla de San Quintín, acaecida el día de San Lorenzo de 1557.

Quede dicho, pues, que la primigenia intención real de lo que hoy es el Monasterio de El Escorial fue la de un gran y común sepulcro pensado para la Casa de los Habsburgo. El curso de la propia historia de este país, sin embargo, acabó dando la vuelta a aquellas intenciones de Carlos V, porque la dinastía que él presumía larga acabó con su tataranieto Carlos II, último de los Austrias, raquítico, enfermizo y de corta inteligencia. Con tal cúmulo de virtudes, evidentemente, Carlos II no dejó descendencia y provocó involuntariamente la Guerra de Sucesión, que daría entrada en España a la Casa de Borbón, la que aún hoy continúa.

El Panteón de los Reyes de El Escorial alberga, por tanto, a gentes que no estaban en los planes ni de Carlos V ni de Felipe II. La historia de este país también se encargó de dar un revolcón al protocolo establecido para los enterramientos del Panteón. Previsto inicialmente para reyes y madres de reyes, ahora descansarán también quienes no reinaron pero debieron hacerlo. Cuestiones políticas impidieron que Don Juan de Borbón fuera coronado; la república primero y una dictadura después interrumpió la Monarquía en España, pero el padre del Rey Don Juan Carlos, y ahora su madre ocuparán en el Panteón de Reyes los espacios que por tradición y ley les correspondían.

El Panteón


El Panteón de Reyes del Monasterio de El Escorial es, para quien lo visita, un lugar que corta la respiración. 700.000 personas pasan por él al año y por todas debe pasar el mismo pensamiento: tanta historia allí reposando…, tantas guerras…, tantas intrigas…, y todos en el mismo lugar; reyes a la izquierda del altar y reinas que fueron madres de reyes, a la derecha.

Veintiséis sarcófagos de traza barroca y mármol negro están dispuestos en un octógono en el Panteón de Reyes. Fue inaugurado el 16 de marzo de 1654, pese a que fue iniciado en 1617 por el arquitecto Juan Gómez de Mora, discípulo de Juan de Herrera. Problemas arquitectónicos demoraron la definitiva construcción de aquel deseo de Carlos V y Felipe II. Ninguno de los dos pudo verlo inaugurado.

La capilla funeraria fue cuidadosamente adornada para su solemne inauguración aquel marzo de hace 346 años. Dos marmolistas, Pedro de Lizargárate y Bartolomé de Zumbigo, junto con el italiano Juan Bautista Crescendi, usaron mármol, jaspes, filetes de oro y bronces para dar al lugar el aspecto magno que aún ofrece. Las veintiséis oquedades construidas albergan otros tantos sarcófagos reales que se sujetan sobre garras de león, con placas y herrajes laboriosamente trabajados en bronce. De los 26 citados sarcófagos tres aún no tienen grabada inscripción, pero la tendrán. Con Doña Victoria Eugenia (fallecida en 1969, aunque no llegó procedente de Lausana, Suiza, hasta 1985), Don Juan de Borbón (muerto en 1993) y Doña María de las Mercedes se cerrará el círculo; con ellos quedará materializada la idea inicial de Carlos V.

Los restos de la abuela y padres del Rey Don Juan Carlos I siguen por ahora su curso biológico natural en el Pudridero, un lugar con nombre malsonante y de imposible acceso si no se es uno de los 51 agustinos que viven en el Monasterio. A estos monjes se les hace entrega de los cuerpos y ellos se encargan de custodiar, vigilar y realizar el protocolo establecido. Así es desde 1885, cuando fue encargada a la comunidad agustina la custodia del Monasterio de El Escorial.

La última vez que han tenido que pasar por ello ha sido el pasado 4 de enero, cuando les fue dada una carta del Rey Don Juan Carlos haciéndoles entrega del cuerpo de su madre. A la vez, la ministra de Justicia del Gobierno español, Margarita Mariscal de Gante, le hacía reconocer en voz alta al padre prior de los agustinos el cuerpo de Doña María de las Mercedes. Las formas no han variado desde hace muchos, muchos años. A la cripta donde reposa tanta historia española, situada justo bajo el altar mayor del monasterio, se desciende por una escalera. En ella hay dos mesetas. La primera de ellas tiene cuatro puertas, pero falsas, porque no llevan ninguna parte. En el segundo repecho, la puerta de la derecha da entrada al pudridero real, un espacio de techo abovedado donde deben esperar los cuerpos reales entre veinte y treinta años antes de pasar a su sarcófago correspondiente en el Panteón de Reyes. Este plazo es el más o menos considerado para que los cuerpos culminen su reducción natural, aunque alguno estuvo mucho menos tiempo, como fue el caso de Alfonso XII, que sólo permaneció 13 años en este lugar de transición.

Sin testigos


Cuando los agustinos reciben los restos reales, proceden como mandan los cánones. Una vez que se ha hecho entrega de la llave del ataúd y se ha levantado acta del depósito de los restos, el protocolo deja paso a la normalidad. Sin autoridades, sin vigilancia oficial, agustinos y empleados del monasterio trasladan desde el Panteón de Reyes, donde ha sido realizada la entrega del féretro, hasta el pudridero el cuerpo del fallecido. Una vez allí, se practican unos agujeros al arca para facilitar la entrada de oxígeno y, por tanto, la descomposición y se coloca sobre un lecho de cal viva. Un muro de ladrillo aislará durante los años siguientes el féretro de la vista de nadie. El proceso natural hará lo demás. Si en el pudridero aún descansan momentáneamente otros restos reales, se derribará el muro que los aísla, se introducirá el recién llegado féretro y se volverá a levantar la pared.

Cuando los restos hayan quedado reducidos, se depositarán en una urna de plomo de tres milímetros de espesor, más o menos un metro de longitud y unos cuarenta centímetros de ancho. Se realizará entonces otra ceremonia, muy privada y reducida, en donde, en presencia de algún miembro de la Casa Real, Patrimonio Nacional y Ministerio de Justicia se depositarán los restos en el sarcófago de mármol negro que difinitivamente quedará instalado en el Panteón de Reyes.

Así está siendo con Doña María de las Mercedes, la última en llegar para su eterno reposo al mítico Panteón de Reyes del monasterio de El Escorial. No siempre ha sido así, sin embargo. Algunos restos reales han sido trasladados desde otros lugares y no han pasado por la sala de transición. Tal fue el caso de Alfonso XIII, abuelo del Rey Don Juan Carlos I, quien falleció en Roma el 28 de febrero de 1941 (tras haber abdicado el mes anterior en la persona de su hijo Juan). En la capital italiana recibió sepultura y allí descansó hasta que en 1980, cinco años después de haberse iniciado el reinado de su nieto Juan Carlos I, sus restos fueron trasladados directamente al Panteón de Reyes del Monasterio.

El protocolo


La ceremonia en la que la Familia Real hace entrega del cuerpo del familiar a la comunidad agustina, ha sufrido variaciones con el paso de los siglos. Los textos que se declaman, aunque aún rodeados de toda solemnidad, se han simplificado y se han adaptado al lógico transcurrir del tiempo.

El pasado 4 de enero, Margarita Mariscal de Gante, ministra de Justicia, cumplió con el protocolo establecido y habló así en voz alta en el Panteón de Reyes: "Padre prior y padres diputados, reconozcan vuestras paternidades el cuerpo de la señora Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, que conforme al estilo y la orden de Su Majestad que os ha sido dada voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guarda y custodia".

En el momento de pronunciar la palabra "reconozcan", la ministra señaló el féretro abierto con los restos de Doña María de las Mercedes. El padre prior y los doce agustinos designados para la ocasión (diputados) se acercaron al lugar señalado y dijeron en voz alta: "Lo reconocemos". El féretro volvió a cerrarse y desde ese momento los restos de Doña María de las Mercedes quedaron bajo la responsabilidad de los monjes, tal y como se les pedía en la carta firmada por el Rey y entregada por Fernando Almansa, jefe de la Casa Real, al padre prior.

Error histórico


La cuestión que ahora se plantea es dónde serán enterrados los actuales Reyes de España. El Panteón se ha completado, y sólo queda buscar una nueva ubicación para alguno de los que allí yacen enterrados o pensar un nuevo destino para los que deban llegar. Cuestiones éstas que, con toda seguridad, ya se han comenzado a deliberar si es que no se han decidido ya.

No todos los que descansan en el Panteón están donde querían. Pese a que la idea de esta gran capilla sepulcral fue de Carlos V, el emperador tenía su propio deseo a la hora de ser enterrado, un deseo que su hijo, Felipe II, cumplió y que su bisnieto, Felipe IV, se encargó de desbaratar pese a sus buenas intenciones.

Carlos V murió en el monasterio de Yuste (Cáceres) en 1558. Allí se retiró en 1556, aquejado de gota y refugiado en una religiosidad casi enfermiza. La muerte de su madre, Doña Juana I de Castilla, La Loca, y de su esposa, Isabel de Portugal, le sumió en una tristeza tal que hasta las paredes de sus estancias en el monasterio las mandó cubrir con terciopelos negros, luto que aún conserva Yuste. El emperador dejó escrito en su testamento cómo debía ser su enterramiento, deseo que inicialmente fue cumplido. Durante un tiempo reposó en un nicho situado en una estancia subterránea exactamente debajo del altar mayor del monasterio de Yuste, con medio cuerpo debajo del altar y el otro medio justo debajo de los pies del sacerdote cuando éste oficiara misa.

Carlos V quedó en Yuste hasta que Felipe II lo trasladó a El Escorial, pero cumpliendo igualmente su deseo. El emperador fue de nuevo inhumado bajo el altar mayor de la capilla con medio cuerpo bajo los pies del sacerdote. Allí descansó junto a su llorada esposa, Isabel de Portugal, y allí fueron a parar también el propio Felipe II y su cuarta y última esposa, Ana de Austria.

Aquí es donde entra en juego Felipe IV, nieto de Felipe II y bisnieto de Carlos V. Él decidió el traslado de los cuatro cuerpos de sus antepasado desde el altar mayor al Panteón de Reyes, luego hay cuatro sarcófagos ocupados con otros tantos restos que no están donde querían estar.

Si estos dos reyes y sus dos reinas fueran devueltos a su lugar original, bajo el altar mayor del monasterio de El Escorial, el Panteón de Reyes podría albergar a dos generaciones más y se corregiría un error histórico.

Pies de foto:


Foto 1: Capilla ardiente de Doña María de las Mercedes en el Palacio Real de Madrid. (J. CASARES)

Foto 2: Salida del féretro por el Patio de Armas del Palacio Real para su posterior traslado a El Escorial. Una vez fuera de Palacio, la Empresa Mixta de Servicios Funerarios de Madrid se hizo cargo del traslado, al igual que ocurrió con Don Juan de Borbón en 1993. (J. CASARES)

Las fotos 3 y 4 deberían ser una vista general y un detalle del Panteón de Reyes.

La foto 5 debería ser una vista del Monasterio de El Escorial.

Foto 6: Felipe II

APOYO


Alfonso XII, el último Rey que murió reinando

Alfonso XII ha sido el último Rey de España que murió reinando en su país y que fue trasladado hasta El Escorial pasando por todos los preceptos protocolarios. Murió de tuberculosis un 25 de noviembre de 1885, tres días antes de cumplir los 28 años.

Los cronistas de la época relataron con todo lujo de detalles cómo se llevó a cabo su entrega a los padres agustinos. Reproducimos aquí parte de toda aquella ceremonia.

"Entre la niebla, que hace desaparecer el gigantesco monasterio, camina el cortejo fúnebre. Atraviesa los jardines helados por el invierno, pasa entre los árboles desnudos, llega a La Lonja...

Ante la puerta principal del monasterio, los frailes de la comunidad de agustinos, con hábitos negros y hachas encendidas, esperan al Monarca. A hombros de sus leales servidores, Alfonso XII cruza su umbral por segunda vez, pues por él sólo pasan los Reyes de España en dos ocasiones, una al visitar por primera vez el templo y otra al ser conducidos al Panteón.

Ante la fila de alabarderos que hace guardia en el atrio, la caja fúnebre es depositada sobre una mesa cubierta de un paño de brocado que hay preparada en el zaguán, debajo de la biblioteca.

El ministro de Gracia y de Justicia lee en voz alta: "Venerables y devotos padre rector y religiosos del Real Monasterio de San Lorenzo. Habiéndose Dios servido de llevarse para sí al Rey mi señor, que en gracia esté, el miércoles 25 del corriente a las ocho y tres cuartos de la mañana, he mandado que el Marqués de Alcañices, su mayordomo mayor y jefe superior de Palacio, vaya acompañando su real cuerpo y os lo entregue. Y así os encargo y ordeno le recibáis y le coloquéis en el lugar que le corresponda. Y de la entrega se hará por escrito el acta que en semejantes casos se acostumbre. Palacio de Madrid, 28 de noviembre de mil ochocientos ochenta y cinco. Yo, la Reina".

Abierta por el Marqués de Alcañices la caja superior de las dos que contiene el real cadáver, el ministro de Gracia y Justicia conmina: "Monteros de Espinosa, ¿juráis que el cuerpo que contiene la presente caja es el de Su Majestad el Rey don Alfonso XII de Borbón y Borbón, el mismo que os fue entregado para su custodia en el Real Palacio en la tarde del día 27 último?"
"Sí, es el mismo".
"¡Juradlo!"
"¡Juramos!", dicen los monteros a una voz.
Se cierra la caja y el cadáver es entregado a los frailes de la comunidad. La Real Capilla canta un solemne responso, y se retira… Los cantores de la comunidad y capellanes de altar entonan el Miserere. El ataúd, a hombros de ocho palafreneros y rodeado de los frailes, es llevado procesionalmente al interior del templo, hasta el catafalco erigido en el crucero de la iglesia.
Cubre el túmulo regio un paño de terciopelo negro bordado en oro que sólo se usa para el entierro de los Reyes desde los tiempos de Felipe II. Una corona de oro de la misma época brilla en un almohadón a la cabeza del féretro. Alumbra la cabecera el gran candelabro del monasterio, y otros cuatro, con hachas encendidas, cada lado.
Cubren el féretro los mantos de las órdenes militares y le custodian los Monteros de Espinosa y guardias alabarderos. El obispo de Madrid-Alcalá celebra la misa; la música de la real capilla entona a toda orquesta el oficio de difuntos; llora el violín del monasterio. De rato en rato, la colosal mole de piedra del monasterio tiembla con los disparos de la artillería y las descargas de los fusiles del batallón de Puerto Rico.
Termina la misa; el obispo canta el oficio de sepultura. Grandes de España y gentilhombres de cámara bajan el féretro por la escalera del Panteón, entre una fila de frailes con negros hábitos y cirios encendidos en las manos. Rodeado de flores y preces es colocada la caja sobre una tarima, cubierta de crespón, delante del altar, en el centro del Real Panteón. El obispo canta la oración; el coro responde con el último Requiescat in Pace.
El mayordomo mayor de palacio abre las dos cerraduras del ataúd dorado, y levanta la visera para que se vea el cadáver a través del cristal que tiene la caja de zinc que encierra los reales despojos. Se descubre por última vez el perfil de Don Alfonso. Despojado de las gracias de la juventud, martirizado por la enfermedad, presa de la fijeza de la muerte.
El Montero Mayor llama al Monarca en voz alta: "¡Señor… Señor!"
Se acerca después el jefe de alabarderos; inclina la cabeza:
"¡Señor…Señor… Señor!"
"Pues que Su Majestad no responde; verdaderamente está muerto", y rompe en dos pedazos su bastón de mando, arrojándolo a los pies de la mesa donde reposa el real cadáver.
El ministro de Gracia y Justicia, Notario Mayor del Reino, pregunta: "Reverendo padre rector y padres aquí presentes, ¿Reconocen vuestras paternidades el cuerpo de Su Majestad el Rey Don Alfonso XII de Borbón, que conforme al estilo y la orden de Su Majestad la Reina, que dios guarde, Regente del Reino, que os ha sido dada os voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guardia y custodia?"
Acércanse los llamados y después de reconocerlo por la visera de la caja de plomo, contestan en voz alta: "Lo reconocemos".
Se firma el acta de entrega sobre una mesa colocada a la derecha del túmulo, y vuelta a cerrar la caja por el Mayordomo Mayor de Su Majestad, el Marqués de Alcañices, éste entrega las llaves al padre prior, quien las recibe y recoge junto a la licencia de sepultura que expide, como encargado del Registro del Estado Civil, el ministro de Gracia y Justicia. Desde ese momento, el cadáver del Monarca queda para siempre en el monasterio bajo la custodia de los padres agustinos, que, oficiante el obispo, entonan un último solemne responso, mientras lloran varios de los antiguos y leales servidores del Rey difunto.
Como postrer homenaje de piedad, todos los personajes que han asistido a la ceremonia desfilan con lentitud delante del féretro, echándole agua bendita, terminando la ceremonia a las cuatro de la tarde. Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, a 30 de noviembre de 1885. En testimonio de verdad."

Alfonso XII fue trasladado al pudridero aquel mismo día de 1885 y allí permaneció hasta 1898. Los restos de su hijo, el Rey Alfonso XIII, nacido después de su muerte y al que, por tanto, no conoció llegaron directamente desde Roma hasta el sarcófago que le esperaba en el Panteón de Reyes.

Pie de foto:


Foto 1: Ceremonia en el Panteón de Reyes oficiada por el obispo de Madrid-Alcalá ante el cadáver de Alfonso XII, el último Rey de España que murió reinando en su país. A la derecha de la imagen se aprecia la mesa donde se levanta acta de la entrega del cuerpo a los agustinos.
Foto 2: Grabado del Rey en su féretro.

Firma: Reproducciones de Jesús Nuño realizadas de la revista "Ilustración Española y Americana".

APOYO: El Panteón de Infantes


El Panteón de Infantes terminó de construirse en 1888 y el él descansan las reinas que murieron sin descendencia real y los príncipes e infantes. Las nueve cámaras que integran este Panteón están revestidas de mármoles blancos de Carrara y Florencia. Especialmente admirada resulta la tumba de Jeromín, hijo natural de Carlos V y hermanastro de Felipe II, quien, siguiendo la indicación testamentaria de su padre, le reconoció como miembro de la familia real y le otorgó el nombre de Don Juan de Austria.

La Rotonda de Párvulos, polígono de mármol blanco de Carrara, contiene 60 nichos, de los que 36 ya están ocupados por infantes e infantas muertos en la primera infancia.

Los infantes cuentan también con su propio pudridero. En él se encuentran actualmente Don Jaime (tío paterno del Rey), Don Alfonsito (hermano del Rey), Don Alfonso (tío materno), Don Luis de Baviera (primo), Doña Eulalia (hija de Isabel II) y Doña Isabel Alfonsa (sobrina de Alfonso XIII).

Los restos de Don Alfonsito y Doña Eulalia deberían haber salido del pudridero el pasado diez de enero y ser incluidos en sus sarcófagos correspondientes del Panteón de Infantes, pero la muerte de Doña María de las Mercedes retrasó la ceremonia hasta el pasado febrero.

Apoyo: foto del Pateón de Infantes


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(Están sonando las «Variaciones Goldberg», de J.S.Bach)